jueves, 30 de octubre de 2014

Editorial La Serranía - Colección "Alforja".





Han tenido que transcurrir cerca de doscientos años para que esta obra, un clásico de la literatura de viajes, viera la luz en su traducción al castellano.
Las idas y venidas del capitán de ingenieros Rochfort Scott por nuestro suelo, durante el período comprendido entre 1822 y 1834, el año en que muere Fernando VII, proporcionó materia más que suficiente a este miembro de la guarnición de Gibraltar para conformar un relato que se hace imprescindible, tanto para los amantes de la buena literatura como para los que quieran ampliar sus conocimientos sobre la Andalucía de la época.
Humor, aventuras sin cuento, drama, miserias y denodadas heroicidades impregnan un texto que no rehúye ningún ambiente social -pueblo y nobleza, a veces enfrentados, a veces de la mano-, ni la crítica, ni el elogio de los andaluces de las montañas de Ronda y Granada, verdaderos protagonistas del libro. Una delicia que atrapa y subyuga en todos y en cada uno de sus capítulos.




Este es, quizá, el libro de uno de los últimos románticos. Plenamente identificado con aquel espíritu, el autor se ha introducido en el complejo mundo de las serranías rondeñas para plasmar todas sus sensaciones, tras captar todo el “efluvio cósmico” que expele esta comarca y la ciudad que la preside, el mismo que atrapara a tantos y tantos viajeros en los siglos anteriores, en cuyas apreciaciones no duda en basar su obra. En realidad, a pesar de que ya no es posible aquella aventura, aquel deseo de pisar la última montaña refugio, este volumen posee, desde el primer capítulo, esa misma admiración, esa misma sorpresa, porque se ha escrito sin tener en cuenta el tiempo.
Esta especie de ucronía, este intento de un viaje en un tiempo que ya no es el que fue, y en un mundo que no es el que era, se salda con unos pasajes emotivos, en los que se mezclan sin cesar la descripción académica y el afán de enseñar, con la construcción poética, en tres grandes apartados: la ciudad de Ronda, que no es aquí la ciudad soñada, sino un lugar que se sueña y se construye interiormente a través de sus caminos; el Genal, universo de arboledas, en sus cuatro estaciones (incluyendo esa “primavera de cobre” que viste al otoño más meridional de Europa); y el complejo y variadísimo Guadiaro, que se recorre en ferrocarril, desde las agrestes e insólitas calizas de Líbar hasta las areniscas de las tierras gaditanas, con sus oquedades, sus desfiladeros y ese “bosque infinito” que ocupa el mayor alcornocal del planeta.
Estamos, pues, ante la emoción y la sumisión en un territorio exhaustivamente recorrido, apasionadamente vivido, intensamente amado. Romanticismo en pleno siglo XXI y Geografía de la Percepción en su más estricto sentido. Un libro para viajar leyendo, un libro para leer viajando, el último a partir del viejo “Camino Inglés” que consagraran aquellos hombres y alguna mujer que llegaron hasta aquí en busca de la última frontera de Europa.



Desde ciertas esferas urbanas se ha entendido la figura del bandolero como un salteador de caminos que, bajando de la sierra, se acercaba al llano para, como si del más desvergonzado delincuente se tratara, “aligerar” de peso las bolsas de los sorprendidos viajeros que por allí pasaban. El fenómeno se interpretaba así como un componente pintoresco, casi exclusivo, de sociedades rurales atrasadas, con difíciles comunicaciones y con escasa presencia de la autoridad policial.
Sin embargo, visto el asunto desde el interior de estas abruptas serranías, donde la mentalidad mayoritaria justifica, aún hoy en día, muchos de los actos que abocaron al bandolerismo (resistirse violentamente a pagar impuestos abusivos, robar a quien robaba, castigar al delator, agredir al capataz despótico o aplicar la propia e inapelable justicia), la cuestión toma un cariz bien distinto.
La imagen del bandolero que no teme a nada ni a nadie, que se “echa a la sierra” asociándose con ella en íntima complicidad; que se enfrenta a los injustos poderes públicos a pecho descubierto; esa es la imagen que ha calado hondo en el sentir popular, hasta el punto de extender la cuestión con verdadero respeto y, en algunos casos, con una pizca de veneración.


Enlace a las entradas


lunes, 27 de octubre de 2014

Flora de la Alhambra y Generalife



Hoy expongo estos marcapáginas troquelados,  con los que podemos conocer algunas de las plantas que adornan los bellos jardines de la Alhambra y el Generalife de Granada.


















jueves, 23 de octubre de 2014

Un mundo sin fin




                                                   
Dieciséis años después de la publicación de Los pilares de la Tierra, Ken Follett vuelve al fascinante mundo de Kingsbridge para presentar a sus lectores una magnífica saga épica marcada por el amor, la guerra y la peste en Un mundo sin fin. Los pilares de la Tierra narra los acontecimientos de la ciudad inglesa de Kingsbr idge entre 1135 y 1174. Con Un mundo sin fin regresamos a Kingsbridge, pero 153 años después. El primer día de noviembre de 1327 cuatro niños escapan de la catedral de Kingsbridge para jugar en un bosque prohibido. Son, Gwenda, hija de un ladrón, Caris, una niña excepcional que quiere ser doctora y los hermanos Merthin y Ralph, el primero un genio con la cabeza llena de inventos y el segundo un tirano, cruel y vengativo. Allí en el bosque serán testigos de una pelea entre un caballero y dos soldados. Los soldados mueren y el caballero entierra un documento antes de ingresar en el monasterio de Kingsbridge para convertirse en monje el resto de su vida. El contenido de este documento secreto jugará un papel importante en varios momentos de la novela. Como adultos las vidas de estos cuatro niños se verán entrelazadas por la ambición, el amor, el odio y la venganza. Vivirán momentos de gran prosperidad y también de hambruna; años de guerra y años de peste. Caris, es la hija de un mercader de lana. De pequeña quería ser doctora, profesión prohibida a las mujeres en la Edad Media. Sin embargo, Caris no acepta ni esta ni ninguna otra prohibición. Estudia con una curandera y mantiene constantes enfrentamientos con la Iglesia. Su lucha por la independencia y su determinación a no someterse a ningún hombre pone constantemente en conflicto su amor por Merthin. Merthin, por su lado, comienza como aprendiz de carpintero y su gran talento le convierte en el mejor arquitecto de Kingsbridge. No acepta las restricciones y limitaciones de los que mandan en la ciudad. Cuando ve que no puede casarse con Caris ni realizar sus proyectos soñados decide viajar a Italia.


El texto está tomado de internet.


lunes, 20 de octubre de 2014

Sorolla y Granada (II)



Marcapáginas magnéticos


 Patio de Comares, Alhambra, 1917
  Óleo sobre lienzo 84, 5 x 106, 5 cm.








Mirador de Lindaraja, Alhambra, Granada 1909 o 1910.


Gracias, amiga Bordadora.




jueves, 16 de octubre de 2014

Editoriales



LA TIERRA SIN MAL


La tierra sin mal narra las aventuras de dos hombres totalmente opuestos: Tomás Llera, un hidalgo extremeño que parte a las Indias en busca de fortuna, y Enrique Madrigal, un misionero utópico que viaja para participar en las reducciones jesuíticas de Paraguay. Es la historia de dos ilusiones enfrentadas, de dos ambiciones distintas: Llera sintetiza el afán desmedido de riquezas y poder; Enrique confía en un mundo futuro donde los hombres vivan ajenos al egoismo y el mal.
La tensión constante de intereses y fuerzas augura un desenlace fatal. Sin embargo, a lo largo de toda la novela subyace el sueño esperanzado de un mundo mejor.

Reverso con el autor de la obra,
Jesús Sánchez Adalid.


lunes, 13 de octubre de 2014

Marcapáginas de taracea



La taracea es una técnica artesanal aplicada al revestimiento de pavimentos, paredes, muebles, esculturas y otros objetos artísticos. En la labor se utilizan piezas cortadas de distintos materiales (madera, concha, nácar, marfil, metales y otros similares), que se van encajando en un soporte hasta realizar el diseño decorativo. Es un trabajo de incrustación. Entre unas piezas y otras hay un efecto de contraste que depende del color y la característica del material empleado.



Exposición de objetos de Taracea en el patio del Ayuntamiento de Granada.


Se tiene noticia de trabajos de taracea de la época sumeria en Mesopotamia (3000 a. C.) y de la dinastía Ming (1368-1644) en China. Se difundió por Asia Menor (actual Turquía) y más tarde los romanos la adoptaron cuando entraron en contacto con el mundo helenístico. Llamaron a este arte incrustatio o loricatio. Plinio el Viejo hace una extensa descripción de esta técnica en su obra Naturalis historia. Las piezas con que se hacían las incrustaciones, las llama crustae. Los árabes introdujeron esta técnica en España, por eso taracea deriva de la palabra árabe Tar'sia, que significa incrustación.
En la actualidad esta técnica perdura en Damasco y Granada.


En el interior de la iglesia de San Pedro y San Pablo de la capital granadina,


en la Capilla del Ecce Homo,


el altar


el Crucifijo




los candelabros 


y la cenefa colocada en el zócalo de tela, son de taracea.
Los candelabros tienen grabado los atributos de la Pasión.



El templo es la sede canónica de la Hermandad del Rocío de Granada.
Aquí vemos la carreta del Simpecado,


Con una reproducción de la fuente de los leones de la Alhambra.



Este marcapáginas, aunque no es de taracea, representa una puerta de alacena de dicho material,
procedente del palacio de los Infantes de la calle Cetti Meriem de Granada. Data del siglo XIV.

Lo he utilizado para la cabecera del blog.



jueves, 9 de octubre de 2014

Museo Casa de los Tiros de Granada (II)








Ana de Austria.
Anónimo, Siglo XVI.
El cuadro ha sido sustituído por la prenda que se ve en la foto.




Felipe III
Anónimo, Siglo XVII


Salón con chimenea y cortinas alpujarreñas.




Miguel Morillas Espinar, "Atarfeño" C.1930.




Washington Irving
Litografía, siglo XIX.

La foto corresponde a un óleo del escritor.


Cama utilizada por el escritor, cuando estuvo residiendo en la Alhambra.




Patio del Mexuar
Aselineau, Litografía, c. 1830.


 Pañuelo bordado, con el que se obsequió a los invitados a la boda del Emperador Napoleón III, con la granadina Eugenia de Montijo.



Dragón de La Tarasca realizada en 1931 por Luis Molina de Haro. Desfiló en la procesión del Corpus durante un tiempo y posteriormente fue sustituido por el actual.